Recuerdos
Madurar viene, casi siempre, acompañado de certezas dolorosas.
Convicciones que, con el tiempo, entendemos que no son necesariamente lo que deseamos hacer si no, en cambio, lo que tenemos que hacer.
De la mano con eso, he entendido también que no hay un techo para la madurez, no tiene un tiempo culmen; por el contrario, no hay una edad determinada para alcanzarla. Por lo menos eso creo o, ¿quién sabe? Quizá sondear a las personas sobre qué opinan respecto a esto sería un buen experimento.
Hoy, de camino a la oficina venía pensando en mi tiempo bailando flamenco. Por aquella época, cuando sentía que bailar era mi salvación en medio del caos que me rodeaba, no me concebía a mí misma sin hacerlo; sin esa sensación de poder, de fuerza y libertad que me embargaba… me juraba que jamás dejaría de bailar, que aquello era parte de mí y que, quitármelo, sería como arrancarme una parte vital de mi cuerpo. Podrían quitarme todo, pero eso no…. Aquello no. Luego vino la pandemia, la escuela de bomberos, mis diagnósticos médicos y los dolores que apaleaban cada día mis ganas de seguir viviendo; los extensos post operatorios y, finalmente, el regreso que fue todo, menos triunfal y definitivo. Se agravó la lesión en la rodilla derecha, el dolor me doblegó la voluntad y me obligó a parar; luego todo lo demás que ya sabemos hasta hoy, el día 27 del octavo mes del 2025, que afianza la certeza que ya conocía y puedo mirar a la cara, aunque con cierto matiz de desilusión, pero ya sin ese dolor agudo que me encogía el corazón en el pasado al imaginarme mi vida sin el flamenco. Sin el golpeteo seco y acompasado de mis tacones contra el suelo amaderado de los salones de ensayo, las mantillas de flecos, vestidos con lunares y volantes pesados, sin las luces de los escenarios, la guitarra, el cajón y los aplausos; el cante, las peinetas, las flores y los tocados… ahora todo eso no es más que una serie de imágenes en carrusel que, de cuando en cuando, mi memoria rescata y reproduce con nostalgia, alentada por el recuerdo de alguna publicación de Facebook, Google fotos o la melodía de alguna canción e, inclusive, por el aroma de algún perfume, un polvo compacto… un rubor.
Hoy aquellos recuerdos se apilan junto a otros en el arcón donde guardo mis sueños incompletos, de lo que pudo, pero no fue. Porque el tiempo es así, la vida pasa, las prioridades cambian, el mundo por momentos se desangra… y yo, que a veces siento que mi cuerpo se desangra con él, también he cambiado.
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