Tango con la Muerte
En los últimos días estuve bailando un tango sinuoso con la Muerte.
Nuestros pasos fueron casi un compás perfecto, nuestras miradas no se apartaron. Mis ojos contemplaron sus cuencas vacías, negras y profundas como los pozos donde se esconden mis temores más inconfesables, aquellos capaces de levantar una megalofóbica ola de angustia. Angustia en su más absoluta pureza. Y en medio del terror absoluto que significó mi realidad de esos días, no encontré en ella más que una forma para arrancarme del presente, de no existir y sumergirme, por fin, en un espacio de absoluta paz.
Paso adelante, paso lateral, paso atrás, una y otra vez.
Barrimos nuestros pies en ochos y cruzados por todo un salón tan negro como su manto; y mis ojos vendados a nada diferente al dolor, convencida de que no existía protección más grande, que nadie entendía mi sentir como ella, me abandonaron en sus brazos huesudos y se dejaron guiar por el golpeteo doloroso de mis pálpitos en taquicardia contra mis costillas desde hacía tantas semanas. ¿Cómo ha sido posible? El cuerpo humano no debería estar diseñado para soportar todo el peso que las emociones, que el cerebro revolucionado está dispuesto a hacerle cargar. Yo sucumbí bajo su peso, me dejé aplastar por la desesperación.
El bandoneón de las Parcas, a cuyo compás se movían nuestros cuerpos en abrazo perfecto, era más fuerte que los débiles maullidos en el fondo de mi alma que, de a ratos, luchaban valientemente por rescatarme del lodazal de lágrimas, desesperación y exquisita podredumbre bajo cuyos influjos me había movido hasta llegar a su centro mismo; hasta la zona cero de mi dolor, de mis más profundos miedos; y la Muerte, consciente de mi vulnerabilidad, en pasos cadenciosos, suaves y sensuales, me fue arrastrando en una maraña de molinetes hasta aquel sicomoro en el ojo mismo del huracán… puso el sedal alrededor de mi cuello casi con una caricia, cual amada alrededor de su amante, y con arrullos de buen pastor, me incitó a saltar, a ir un poco más allá. ¡Hazlo! sentí en lo más profundo de mi alma, más de una vez durante aquellos días… y a punto estuve, pero tuve miedo.
Y miedo, después de traición, es de las palabras que más destrucción han causado en mi atmósfera desde que la memoria me alcanza… y yo ya no quiero vivir con miedo.
Entonces, despacio, me quité la suave seda de los ojos, me deshice de su abrazo… hice oídos sordos al trino sensual de las Parcas y centré toda mi atención en los maullidos, caminé hacia ellos —habría corrido, pero, semanas de soportar tanto, me han consumido—.
Débil todavía, pero aun en pie te digo, querida Muerte, que algún día sucumbiré a tu hechizo, pero hoy no.



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