Diario.

 


Seguir adelante cuando todo tu cuerpo grita que quiere parar es complicado.
Yo me siento de esa forma desde hace semanas, producto de todo este periodo de turbulencia emocional por el que estoy atravesando. Ya no siento el ánimo de morir, pero, mi cuerpo quiere parar, necesita respirar. Me cuesta un horror hilar ideas y, estando apenas a principios de año, mi creatividad es un elemento crucial. Entonces intento valerme de recursos desesperados para recuperar el foco, enfocarme en algo de provecho… lo que sea que no me deje la sensación de que estoy dejando que se me escurra el valioso recurso del tiempo de entre los dedos, pero resulta desgastante, desesperante y agotador.

Aunque es una desesperación extraña. No es taquicardia, es una sensación rara que solo está ahí, inerte pero perturbándome, minuto más y minuto también… no se va. ¿La muerte es acaso un recurso? Lo pienso despacio y acaricio la idea con tiento, pero con frialdad, y no se me hace tan descabellado. Y eso me da más miedo todavía.

Luego recuerdo que quiero vivir lo bastante para llegar a Suiza. Construir una vida tranquila junto a mis gatas en algún pueblito alpino donde el tiempo pase despacio, alejado de la intriga, la falsedad, el hartazgo y el dolor; del hastío que me provoca el mundo en el que me muevo ahora; vivir lo bastante para crear historias hermosas y escribir mi próxima novela.

Entonces entiendo que tengo que seguir viviendo, tirando de mí hacia delante; que, vamos, que se puede. Ya he podido con tanto, que esto ya casi lo tengo ganado.

Y en esas andamos: Mis diagnósticos, los cientos de demonios que viven en mí y yo.
Podemos con todo, solo es cuestión de seguir jalando la carreta. 

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