Marco
¿Qué sentiste la primera vez que me abrazaste? Es increíble que, habiendo hablado de sentimientos más complejos, jamás se me haya ocurrido hacerte una pregunta tan sencilla, pero tan significativa para mí y para nuestra historia.
¿Fui realmente un ángel para ti… por lo menos al principio? ¿por un instante? ¿La frágil adolescente de catorce años, desaliñada, con los ojos ardiendo en llanto significó lo mismo que tú fuiste para ella?
Paseando mis ojos de tus letras queridas a las mías, me doy cuenta de que, ya desde aquella época, yo estaba marcada. Marcada por el dolor de mi maldita filiación. Aunque en ese momento ni siquiera era consciente de ello, ya mi cuerpo, mi mente y mi estado de ánimo me decían que había muchísimo por limpiar en mi interior ¿Cómo podía existir tanta oscuridad en una criatura de catorce años?
Tú creías en mí incluso cuando yo misma había perdido la esperanza en mi salvación. Tuviste fe en mí y en mi talento; veías el fuego incontenible que habitaba en mi interior, te atraparon mis primeras letras al igual que a mi corazón atraparon tus ojos miopes la primera vez que te ví; aunque, ¿por qué te digo todo esto, si tú lo sabes ya? Lo escuchaste de mis labios hace años... tuve la fortuna de decírtelo mirándote a la cara.
Por nuestro asiduo intercambio de correspondencia electrónica, entiendo que el interés por saber más no solo se avivó en mí, también tú querías saber cómo me encontraba, en cualquier momento, solo porque sí. Recuerdo como si fuera apenas cómo golpeaba mi corazón contra mis costillas cuando encontraba en mi bandeja un mensaje tuyo. Si te preguntas por qué tengo estas memorias tan vivas es porque, aún después de todos estos años, sí, todavía hoy, reencontrarme con la cola de mensajes tuyos apilados en la carpeta con tu nombre me provocan pálpitos irregulares... la más dulce expectación.
***
¿Alma de artista? Tal vez la tengo… tú creías que la tenía, ¿verdad?
Sospecho que, de haber vivido mi época flamenca, habrías amado verme bailar. Quizá hasta te habrías hecho un espacio en tu apretada agenda de hombre de familia para asistir a alguna de mis presentaciones, y habríamos podido tener una ansiada segunda fotografía. Juntos, sólo tú y yo, como antes fuimos al pie de la escalera en aquella casa de retiro…
Tengo grabado en mi memoria el sonido y la cadencia de tu voz… no los puedo olvidar. Tanto que, si en una sala completamente a oscuras, metieran a una multitud y todas hablaran a la vez, yo podría distinguirte entre todas esas voces, solo por aquel mágico sonido que lo componía todo, que removía mis cimientos y me aceleraba el pulso, aunque tú no lo supieras.
Debes saber que, en todos estos años y, aunque no siempre lo he conseguido, he intentado mantenerme fiel a mis convicciones y hacer las cosas lo mejor que he podido, no solo por mí, sino también por la gente a mi alrededor. Los golpes y puñales levantados en mi contra no han cambiado mi deseo de ser una mejor persona cada día. Creo que, en este punto de mi vida, si me vieras y supieras a todo lo que he tenido que enfrentarme para llegar hasta donde estoy, estarías orgulloso de mí.
***
Por aquellos años de mi adolescencia, recuerdo haber percibido cierto dolor en tus letras cuando te hablé de que las noticias de nuestra amistad habían traspasado los muros del convento para llegar hasta el salón de clases de mi escuela. ¿Fui tan convincente al asegurarte que me enojaba que se dijera que existía más que amistad entre tú y yo? Debo confesarte que aquel era mi medio de escape para evadir mis propios sentimientos; era demasiado joven y me faltaba la temeridad que ahora, siendo una mujer, me da la experiencia… esa impulsividad que me empujaría a desnudarte mi alma por completo y arrojarme sin reparo al remanso de tus brazos.
En el pasado te quejabas de mis silencios, me decías que debía hablar más; es curioso, ¿sabes? Porque si estuvieras en mi presente me faltarían vidas para hilar todas las letras, palabras, frases, oraciones… Factos, en fin. Verdades como catedrales que tengo por decirte.
***
Ya con la perspectiva de un adulto, creo que sí sucedieron algunas situaciones que no estuvieron del todo bien, por lo menos no a ojos de quien no te conociera; como todos esos domingos que llegabas de improvisto y nos escapamos juntos, siendo tú un ciudadano del “mundo” y yo una jovencita sin el poder legal de elegir. Mis ojos de hoy no dejan de repetirme que sí, ¡por supuesto que se veía extraño! ¿Qué hacía un joven en sus veintes saliendo con una adolescente, aunque solo fuera para ir al cine y obligarla a comer cuando, por esas épocas, empezaba con sus problemas de dismorfia corporal? A estas alturas de la carrera, ya sabrás que todas esas veces que yo te pedía hacer cosas juntos, más que por el hecho de hacerlas, respondía a mi deseo de pasar la mayor parte del tiempo contigo… sobre todo porque ya no eras la misma persona que había conocido. Ahora tenías menos tiempo para dedicarme, tus obligaciones en el mundo exterior te alejaban más y más de mi…
***
No puedo evitar leer mis mensajes de entonces y sentirme un poco tonta. Lo que en ese momento se me antojaba como una tormenta no era ni el preludio de lo que en el futuro me esperaba. Mientras tú atravesabas tu propia tempestad, imagino lo pequeñas que debieron parecerte mis cuitas. Oh, amigo querido… ¡no te imaginas en lo que me he convertido, ni las tantas veces que he tenido que caminar, descalza, por las brasas ardiendo! Tú tenías razón en tantas cosas… por ejemplo, en decirme que el primer chasco profesional de mi vida -el no ser admitida en la universidad- más que una desgracia, era algo bueno; bueno en el sentido que me hizo comprender que, en realidad, mi primera decepción profesional me enfrentaba con chicos con aspiraciones de grandeza. Ya se habían terminado los devaneos colegiales y el vivir con la mente en el cielo… Es curioso que esté leyendo aquel mensaje tuyo justo el día en que, por fin, he podido poner punto final a mi trabajo de suficiencia profesional. Mi esfuerzo definitivo en busca de mi eterna, ansiada y postergada búsqueda del título profesional. ¡Por fin!
Entre la rutina y la angustia de la preparación para el examen de admisión de aquella época, he revivido el día en que leí aquel mensaje en el que me hablabas de tu “persona especial”, esa a quien esperabas presentarme en algún momento. He de confesarte que, ignorante de la verdadera naturaleza de tu filiación, aquel correo tuyo me quitó la paz. ¡Que lejos estaba de imaginarme que me hablabas de una criatura que, para aquella época, era apenas un bebé!
Luego vino mi primera experiencia traumática en el convento, aquel santuario en el que yo me creía completamente segura… ¿recuerdas el día en que te conté, con los ojos húmedos y el miedo a flor de piel, de aquel beso que alguien por quien no sentía absolutamente nada me arrebató, quitándome, más que la inocencia, la fe? Fue una experiencia tristísima, porque mi fantasía anhelaba que aquel primer beso fuera para ti. Recuerdo la impotencia en tus ojos, tu enojo hacia él y, por fuerza, recordando aquel momento pienso en que te quedé debiendo demasiadas confesiones, demasiados dolores… tantos momentos que me hubiera gustado desahogar contigo. Tener tu hombro, como siempre me prometiste, para vaciar mi corazón de angustias, de lágrimas; no puedo evitar preguntarme si mi dolor, si la gangrena que el abuso de mi padre provocó en mi alma no habría sido más fácil de sanar contigo a mi lado. Marco, ¿por qué no vienes a socorrerme?
¿Me sigues recordando a pesar de todo este tiempo, como prometiste alguna vez?
Necesito que vuelvas a mi vida, no sé cómo ni en qué circunstancia, pero, te necesito, necesito de ti y te quiero. Encuentra el modo de volver a mí, por favor…
En mi primera juventud, después de ti, hubo una sola vez en que me sentí verdaderamente enamorada de alguien. Con los años he llegado a entender que, aunque ese amor fue correspondido, le faltó demasiado para ser un digno destinatario, alguien que, como yo, hubiera estado dispuesto a quemar puentes tras de sí para hacer historia, una historia junto a mí. Sin embargo, pasó. Y me sentía tan profundamente compenetrada contigo que fui capaz de hablarte abiertamente de ese otro amor, de ese sentimiento hacia él. Y aunque tú tratabas de ser una especie de voz en mi consciencia arrebatada de la juventud, yo solo quería volar… Dejarme llevar. Me habría gustado estar en tu pecho en ese momento, para saber exactamente qué sentiste al verme así. Caminando feliz e inconsciente por ese sendero, cuyas rosas ocultaban el abismo hacia el que me dirigía irremediablemente.
Nos faltó tiempo, nos faltó vida… nos faltó otro universo.
Pero te equivocaste, ¿sabes? Él sintió lo mismo por mí, pero le faltó valentía, y el miedo fue más fuerte que su amor. Lo supe con el tiempo, porque él sí se quedó… y tú no.
***
¿La tormenta y la confusión siguen nublando tus días tanto como los míos por momentos? El cuerpo envejece, pero muchas veces el alma sigue manteniendo su misma forma, su esencia. Y así como la luz invade nuestros días, hay muchos momentos en que la tormenta toma su lugar, no importa que tan grandes hayan sido las pruebas que hayamos atravesado a lo largo de los años.
En sueños he visto tu alma… una y otra vez. Puede que tu materia no esté junto a mí, pero esa otra parte, más etérea y primitiva, sigue viviendo a mi lado, visitandome en sueños, en los contados instantes de ensoñación que, pasados los treinta, todavía tengo. ¿Qué significaban sesenta o noventa minutos en el pasado, comparado con lo que sería siquiera un minuto a tu lado en el presente? El tiempo es un regalo tan preciado… es terrible que hayamos tenido que llegar a esta edad para apreciarlo del modo en que lo hacemos. Nos habría servido tanto en el pasado. No me habría permitido desperdiciar ni un solo momento.
En uno de los últimos correos que intercambiamos, me preguntaste si sería capaz de lastimarte… qué ironías tiene la vida, ¿no? Al final, sin quererlo o no, quien terminó lastimando fuiste tú, me lastimaste de un modo en el que jamás pensé que podrías hacerlo; aunque visto en la distancia, tiene demasiado sentido. Solo alguien a quien quieres como yo te quise puede tener el poder, para bendición o maldición, de causar tal daño. Sin embargo, terca yo, a pesar de eso, del tiempo y las vicisitudes, no puedo dejar de preguntarme, ¿aún sigue siendo mío aquel pedazo de tu corazón que alguna vez me diste? ¿ha logrado el tiempo y tu voluntad sacarme de allí o, en cambio, sigo siendo ese recuerdo que escuece de cuando en vez, como lo eres tú en el mío? Oh, Marco, Marco… tantas veces tú, tantas veces nosotros fuimos, pero no fuimos.
Ya no somos los de entonces.
***
Creo pensar que, es una bendición que nuestros caminos no se hayan encontrado de nuevo. Sabiendo lo que sé y con las convicciones asentadas en el corazón como las siento en este momento de mi vida, no podría garantizar el respetar nuestras fronteras como lo hice en el pasado. Si las circunstancias fueran propicias, desplegaría todas mis armas y rodearía tu existencia en una red de infinita seducción y ternura para que te quedaras para siempre junto a mí, como debió ser desde siempre, antes que nuestros caminos bifurcasen. Sería la negociadora despiadada de los términos y condiciones de nuestro pacto vitalicio, de nuestro tratado indisoluble. Te mantendría junto a mí hasta que mis ojos contemplaran la última luz de este valle de lágrimas. No te perdería el rastro jamás, nunca más.
¿Volvería en el tiempo solo para revivirlo todo? ¿para vivirte de nuevo?
Cariño… querido mío, estoy convencida, como que un día he de morir que, ni siquiera por tu amor, dejaría que tantos años y tantas personas laceraran mi piel otra vez. Te amo como a vivir, pero, sin pensarlo, he aprendido a amarme más a mí, que me he acompañado en victorias y derrotas más que tu vívida ausencia. Sin embargo, ha sido un verdadero placer regresar a ti y a nuestros viejos recuerdos.
Leernos, como si fuera la más extraordinaria historia de amor, ha sido una gloria con la que, por algunos días, me he permitido soñar de nuevo… como una adolescente.



Comentarios
Publicar un comentario