Juntas en París

 


Aunque sea un poquito más tarde de lo adecuadamente aceptable, llegará el día en que estaremos juntas en París.
Y probablemente nos daremos el abrazo más largo y sincero que jamás pensamos darnos  porque la vida, las heridas, los traumas arraigados nos hicieron poco amantes del contacto físico; y tal vez entonces —solo tal vez— me atreva a hablarte de todo este cúmulo de emociones extrañas que comenzaron a abrasarme el corazón desde que supe que te ibas a casar. De lo increíble que se me hacía la idea que, a pesar que el camino hasta este momento no haya estado poblado precisamente de flores para ti, por fin haya llegado el momento y que, contrario a lo que imaginé, no podría estar a tu lado para ayudarte a vestirte, decirte que no hicieras caras raras en las fotos o ¿qué se yo?, solo por el placer de estar y presenciar cómo mi hermanita, la que cada Noche Vieja se metía debajo de la mesa para encontrar novio, por fin había encontrado un amor bonito a la altura de las circunstancias. Para asegurarme de advertirle —en persona y porsiacaso— al susodicho que la intuición escorpiana de esta hermana tuya siempre iba a estar pendiente y alerta de que jamás te hiciera daño; que no necesitas de ningún padre para eso, porque aquí está tu tribu de mujeres, especialmente ésta, que pese a desacuerdos y desencuentros siempre te considerará su mejor amiga y que tú encontrarás otro tanto en ella siempre que tenga vida, como hasta ahora, para lo que se pueda.

Uno siempre piensa que por ser mayor, por ser un ciclo natural, le llegarán las cosas primero: La vida y el amor, el desengaño, la vejez, la enfermedad y la experiencia, la tristeza... y mira tú, que a ti lo más bonito te llegó primero. Y aunque no pueda evitar sentir mi corazón palpitando en mi garganta mientras escribo esto, no puedo estar más feliz por ti, por la alegría de saber que ahora hay alguien más que puede apreciar todo lo genial que eres, verte de la misma forma en que yo siempre te he visto, aunque tú nunca te lo hayas creído.

En el collage fotográfico de mi piso —el mismo que alguna vez fue nuestro piso— ahora tiene un recuerdo más, y un integrante más. Joselita y Plácida ya saben que han ganado un nuevo tío (y una nueva prima).

Lo que alguna vez nos decíamos como una broma, hoy se convierte en una promesa. En la más firme de las promesas que alguna vez en la vida le haré a alguien: Pronto estaremos juntas en París; y a los dos, les haré la sesión que no pude hacerles el día de su boda. 


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