Adiós
Querido Elvis,
Creo que ha llegado el momento de despedirme definitivamente de ti.
Quizá no de nuestra única foto que muda junto a cada cambio de diario, pero, sí de la idea inconsciente y profunda de que, algún día, pudiera existir una continuación para nosotros.
Han pasado demasiados años y justo en este momento de mi vida, una de las cosas más claras que tengo —la de cerrar puertas para abrir portales— es que mi bien más preciado, aparte de la salud, es la tranquilidad y, pues, ha llegado. Es hora.
Así que te digo adiós. Me despido de tí y de la esperanza minúscula, como mota de polvo en la profundidad más oscura e incierta del sistema en el que habito, de volverte a ver... suelto tu mano de manera figurada y, con esta acción, cumplo la que, estoy segura, fue tu voluntad desde hace muchos años ya... desde el lejano setiembre del ´19. Te digo adiós sin dolor y con la sensación de quitarme un gran peso del corazón. Uno que, en algún instante, me impidió incluso el respirar.
Es tiempo de pensar en mi próxima partida y comenzar, más temprano de lo decorosamente temprano, a labrar el futuro hacia mi vida para siempre. El mismo para siempre que tú ya elegiste sin incluírme en él y que ahora yo merezco destejer del telar intrincado, doloroso —pero precioso— de mi propia vida. Por mí, por todo lo que amo y por todo lo que he sudrido para conseguirlo.
Te agradezco por lo que me enseñaste, por lo que significaste para mí y por lo que, a fuerza de desencantos, ayudaste a forjar en mi carácter para entender la barrera de mis "nunca más".
Tuya, ayer y hasta ayer,
Ross.




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